Mañana después de ayer

La tragedia es el dolor de los inocentes, de los buenos, de quienes sufren lo terrible sin poder evitarlo. Lo trágico, repentino e injusto, marca un 27 de junio de 2022 como el día más triste de la historia de Molina Basket. Somos un club joven; hemos crecido muy rápido, sanos y fuertes. Sin embargo, el corazón sigue siendo tierno, sensible y vulnerable. No estábamos preparados para perder a Andrés Burgos. Nadie lo estaba.

La juventud tiende a confundir su energía vital con la inmortalidad. Son cosas diferentes. La inmortalidad no nos pertenece. La inmortalidad nos la dan los demás por la manera en la que nos recuerdan. Y hay cosas que no debemos olvidar y así haremos que duren para siempre.

Andrés Burgos aparece en la pista del Pabellón Serrerías en la primavera de 2016. Me lo presentan sus amigos de la generación 2000. Recuerdo el momento porque nos rodearon todos, como si fuese la llegada de una estrella. Y en cierto sentido lo era, porque lo iluminaba todo: me dio la mano sonriendo e hizo que todos sonriesen alrededor. Hay que ser muy especial para conseguir eso.

Era su superpoder: sonreír siempre y hacer más felices a los que tenía cerca. El jugador perfecto para cualquier equipo. La persona ideal para cualquier club. 

En los años que estuvo en Molina Basket, se ganó el cariño incondicional de todo el mundo: a todos sus compañeros, a todos sus entrenadores, a todas las personas que alguna vez tuvieron la fortuna de coincidir con él. Es casi imposible poner a tanta gente de acuerdo. Y él lo hizo. 

Su sonrisa vestía siempre otra cualidad extraordinaria: la generosidad. Él elevó ese concepto hasta el punto máximo: darlo todo sin exigir nada a cambio. Una generosidad incondicional e infinita, porque nos quedamos sin saber dónde estaba su límite. Dentro y fuera de la pista. Como jugador, como compañero, como amigo.  

En su última temporada en Molina Basket, no fue jugador y, sin embargo, agrandó su figura de manera gigantesca dentro del club. Esa peña Emebé es el reflejo de su pasión por el baloncesto, por sus amigos, por la felicidad, por la vida. Andrés llevó a la grada la misma energía vital que tenía como jugador y como compañero; desde allí proyectó esa sonrisa, esa alegría, esa generosidad, esa luz. Esa luz que ahora nos toca a los demás mantener encendida.

Su pérdida encoge y congela el corazón de Molina Basket. De arriba a abajo. Desde la directiva a los ayudantes. Desde los entrenadores más veteranos a los más jóvenes. Desde sus compañeros de equipo a sus amigos en la grada. Sabíamos cuánto lo queríamos, pero no sabíamos que se iba a ir tan pronto.

A Andrés no le gustaría oírnos decir que estamos tristes y que hemos perdido la ilusión porque él no está. Al contrario. Sería el primero en animarnos con una sonrisa para continuar adelante. El mejor homenaje posible es mantener la ilusión, la alegría y la generosidad por él. Es el mejor modo de conservar su recuerdo, para que Andrés siga estando con nosotros para siempre.

Juan Antonio Pujante

CIUDAD MOLINA BASKET
hace un mes